El método

Se despertó pensando en una manera que lo ayude a salir de donde estaba. En sueños su presencia se esfumaba y salía de foco como quien quiere desaparecer. Necesitaba un método para escapar de sus fantasmas.

Una fría mañana de mediados de otoño abrió la persiana y vio el cielo plomizo, gris, duro y pesado que se le vino encima. Lo aplastó y lo asfixió, pero no lo dejó sin aire. Cerró los ojos, miró hacia adentro y levantó la cabeza. Inhaló con fuerza y, casi en la misma bocanada, exhaló ese aire espeso que recorrió su interior. Entonces abrió los ojos. Fueron segundos, los suficientes para que su realidad pasara frente a sí con la velocidad de una flecha sin destino y la claridad suficiente para hacerlo reaccionar. Necesitaba un método. Sintió que tenía dos caminos. Por un lado el autoexilio, estricto y no moderado, significaba encerrarse y vivir en otro plano. Era esconderse a riesgo de que su paranoia crezca. El otro camino era más sencillo: desaparecer y ser un recuerdo. Era el más fácil y el más difícil, el método debía ser eficaz. No podía fallar. Mientras los sucesos macabros volaban por su cabeza el cielo hematite abrió su espesura y dejó asomar una luz dorada intensa, rica y brillante que podría dejarlo ciego aún con los ojos cerrados. En ese momento supo cual era el método. Y también cuál sería el final.

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